lunes, 21 de abril de 2008

Las calles de siempre



Se descubrió evitando las calles que de corriente transitaba. Un pesar se asomaba en él apenas vislumbrada la esquina que daba a la avenida.

El perfume aún fresco de ella, el sabor de su sudor en la oscurana, la velocidad de sus pasos seguros. Todos esos ripios se amontonaban dentro de él con sólo presentir la vía que se extendía hasta la casa de ella.

Dio la vuelta, pensó en ir a casa de su amigo, pero ya éste no era su amigo. El tiempo y su desdén habían mellado ese hilo que los conectó alguna vez.

Ya que estaba cerca, se le ocurrió ir a ver a unos familiares. “¿Me recordarán allá?”. Sabía que sí, pero de nada valdría hacer una visita, reñirían como en los viejos tiempos y, en el peor de los casos, guardarían silencio unos frente a otros, soportando el susurro del filo surcándolos, el filo que sembraron entre ellos con los años.

Se encontró, entonces, en medio de todas esas calles que no lo llevaban a ningún lado, extendidas con el mismo aire infeliz de surcos de ríos secos. La noche comenzó a hinchar el cielo hasta tomarlo todo para ella, mientras él seguía varado invariablemente junto al poste del semáforo. Aquella ciudad se había empequeñecido, cerrado bajo sus pies, acaso lo único que podía hacer era irse, pero aun eso no le aseguraba tranquilidad.

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